La fatiga no siempre llega tras el esfuerzo físico. A menudo se construye en silencio frente a una pantalla, entre reuniones, notificaciones y decisiones que se acumulan durante horas. La jornada termina, pero el compromiso no: queda la sensación persistente de tener algo pendiente. Cuando la conexión es permanente y las pausas desaparecen, el cansancio puede llegar a instalarse como parte de la rutina laboral.
El problema va más allá de un simple cansancio. En su informe de abril de 2026, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) identifica las altas demandas laborales, las jornadas extensas, la baja autonomía y la inseguridad laboral entre los principales riesgos psicosociales. Estos factores se asocian con más de 840.000 muertes al año y una importante pérdida de años de vida saludable debido a enfermedades y discapacidades relacionadas con el trabajo. Para las empresas, la fatiga también implica menor productividad, más errores, ausentismo y rotación de personal.
A este escenario se suma la hiperconectividad. Aunque la tecnología facilita los procesos, la OIT advierte que la digitalización y la dificultad para desconectarse son nuevos desafíos que desdibujan los límites entre el empleo y la vida personal. Este estado de alerta continuo impacta en la salud: la OMS señala que el estrés crónico puede detonar ansiedad, irritabilidad, dolores físicos y problemas de sueño, mientras que el cansancio y el burnout responden a dinámicas distintas.
Por otro lado, el desgaste no solo es corporal; múltiples demandas y decisiones constantes también agotan la mente. Un estudio de 2025, realizado con 20 docentes de Santa Elena en Ecuador, encontró que el 65% percibía que las demandas laborales superan su capacidad, con fatiga, irritabilidad y problemas de concentración y sueño. Aunque no representa a todos los trabajadores del país, evidencia el impacto de la presión constante y la falta de descansos.
Se genera así un círculo vicioso: más demandas, menos tiempo de recuperación y menor capacidad de respuesta. Trabajar más horas para terminar lo pendiente no resuelve el problema; suele prolongar el agotamiento.
“La prevención no debería comenzar cuando una persona ya está agotada. Una organización saludable debe identificar las causas de la sobrecarga y actuar a tiempo. Las pausas, la organización de tareas y los espacios de desconexión son parte de una cultura preventiva que protege a las personas y favorece un trabajo de calidad”, señala la Dra. Carla Cevallos, jefe de Seguridad, Salud y Ambiente de Laboratorios Bagó.
En la práctica, la investigación ecuatoriana y los especialistas proponen acciones concretas:
➔ Pausas y desconexión: hacer descansos reales durante tareas exigentes y fijar límites de conexión fuera del horario laboral, según lo permita el puesto.
➔ Gestión de tareas: priorizar actividades para evitar que todo sea urgente, reducir la multitarea y rediseñar cargas de trabajo.
➔ Bienestar personal: Proteger el sueño, resguardar los espacios personales e incorporar movimiento en jornadas sedentarias.
➔ Comunicación y monitoreo: reportar la sobrecarga a tiempo, monitorear indicadores de estrés, fortalecer el apoyo social, dar mayor autonomía e implementar programas preventivos en las empresas.
No todo cansancio es una enfermedad, pero tampoco debe normalizarse. Sentir que la presión afecta el ánimo, el sueño o la rutina es una señal para detenerse y buscar apoyo. La fatiga silenciosa permite seguir funcionando mientras aumenta el costo de hacerlo; prevenirla no significa trabajar menos, sino crear las condiciones para trabajar bien sin convertir el agotamiento en la nueva normalidad.